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Al escuchar aleatoriamente la discografía
de Panza, pareciera que sus letras girarán
sobre un mismo eje. Como si fueran recurrentes.
Pero es la obsesión la que detiene esta idea.
Es mucho más fuerte.
El atropello mental de la sociedad, la urgencia
posesiva de tener todo y nada a la vez que refleja
“Vendedor”. El dolor como injerto que
danza entre pecados capitales y ostentaciones hormonales.
La fisionomía Panza busca cierto “equilibrio”
constante y las suturas son visibles que al correr
de las canciones logran desprenderse por completo.
Instantáneamente brotan heridas, traiciones.
El “Amor bidet”, lavabo aquel donde
enjuagamos la miseria y el rencor tumultuoso de
amoríos ilusos.
La cultura de lo debido o no debido, como una enseñanza
materna al infante y pseudo madurez “adulta”
en “Ceremonial y protocolo” (“Prohibido
conversar con el chofer, prohibido saludar. Prohibido
estornudar, no salivar en época invernal”).
La “Camarera” es una rana dislocada
sin pelos en el cerebro, refregándose ante
la payasada del rock (o los que suelo llamar “proyecto
de persona” o “rockstar”) que
bien nombra la canción.
La simulación, el dar para recibir, una tradición
materialista que a estas personas valoriza tanto
que su puñal latente brilla como vajilla
antigua.
Panza es ataque, asalto y... dispersión.
La salida de emergencia hacia algun sitio virgen
en donde reposar la brutalidad acumulada. Es el
agujero orgánico ausente en nuestras formas.
Es un túnel o un ensayo de como sobrevivir
al encierro. Las articulaciones se invierten y mi
esencia ya no es... no existe. Un reloj de arena
interminable se acuesta en el vientre y desnudo
duerme con un ojo abierto. Como atajándome
y resguardándome de todos los peligros. (Martín
Debaser)
Your Emotions /
Recis,
abril de 2004
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